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UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

   Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 

Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 

En esos cuatro años, Doro había dado vida a 48 estatuas, una por mes. Algunas, las más especiales, las había regalado y la mayoría estaban vendidas. En esta última la resurrección parecía más cercana. Toda su mujer había sido perfectamente tallada: ojos, labios, cuello, pechos, cadera, piernas, ombligo... Quedaban las manos. Esos dedos delicados parecían pelearse con la perspectiva. Cuanto más se alejaban de la figura corporal, más se agrandaban; cuanto más se acercaban, más empequeñecían. Para muchos pintores no existe parte de la anatomía más difícil de representar. 

La incapacidad frustró a Doro hasta desatar su cólera y hacerle sentir el corazón galopando en el pecho como si su propia alma pidiera salir para adentrarse de una vez en la madera y terminar así con la búsqueda. Las manos, pensó. Nunca podría esculpirlas, porque ya no las recordaba. No se lo perdonaría jamás. No tuvo agallas para mirar a esa escultura a los ojos por la vergüenza, pero ella sí lo hizo. Y en ese instante mágico, en que a la madera le despertó el alma, su mujer volvió a llorar.

Ilustración: Gema R. Quintana

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