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LA HIPOTECA DE LOLO

   Cierto día, Lolo se quedó dormido y soñó que era una persona. De esas robustas, altas y apuestas, que viajan en metro sin agarrarse a la barra, porque en la elegancia de su postura se sostienen con tal firmeza que parecen pegadas al suelo. Como esos hombres de negocios, circunspectos; o esas mujeres con largos tacones y mirada afilada que corta hasta el aire. Gente así hay poca. Son unos elegidos: empresarios, políticos o banqueros... Lo normal era ser como él. Bueno, quizá no en el sentido literal, porque Lolo era un chucho negro y esmirriado. Tenía cinco años. Traducido a la edad de las personas sería un treintañero...

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UNA LÁGRIMA... IMPOSIBLE

No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
-No puedo evitar amarte-, replicó él.
Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana

UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 
Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 
En esos cuatro años, Doro había dado vida a 48 estatuas, una por mes. Algunas, las más especiales, las había regalado y la m…

UN TIPO SIN LÍMITES

Tendré siempre la duda de cuál fue la causa exacta de su muerte. También por qué sucedió tan pronto, apenas pasados sus siete años. Pero lo que siempre, siempre desafiará mi entendimiento es cómo un tipo así de peludo, así de hocicudo y orejón, logró con su inteligencia traspasar tanto los límites que deben separar a los animales de las personas...