Ir al contenido principal

NO HABRÁ MÁS MIEDOS

   Es el monarca del mundo salvaje, pero ese título no lo salvó del miedo. Sabe lo que le viene encima, o quizá solo lo sospecha, y en ese caso la imaginación solo empeorará las cosas. A las personas nos pasa igual: ratas, serpientes, arañas, despedidas, públicos masivos, aviones, hipotecas, exmujeres... Los acechos son innumerables, tan diferentes como vidas existen. Pero llega un día en que ese todo oscuro se vuelve tan recurrente en su abuso de poder que termina por insensibilizarnos. Como con el dolor físico, acaba uno acostumbrándose. Entonces cambia el turno de juego, la iniciativa se va a la otra mano y el león ve el mundo diferente, más luminoso, más alegre y libre. La boca está abierta, preparada para el bocado, después para el zarpazo, porque ha aprendido que puede vencer. Ya lo hizo antes, tantas y tantas otras veces. 

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Pues a mí me parece que el león está aburrido, con cara de "válgame Dios" y de "con lo que era yo..." . Peligrosa apatía, de la que bien se ocupan por crear los machotes y machotas sentados en sus tronos de mierda. A este mundo, con lástima para los soñadores como el que escribe o el que te ha leído, le hace falta un buen walking dead. Pero de los de verdad.

Entradas populares de este blog

UNA LÁGRIMA... IMPOSIBLE

No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
-No puedo evitar amarte-, replicó él.
Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana

UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 
Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 
En esos cuatro años, Doro había dado vida a 48 estatuas, una por mes. Algunas, las más especiales, las había regalado y la m…

.

El doctor rompió el silencio de la consulta más incómoda que había tenido en toda la semana -Un punto, ¿y con eso qué quiere decir? ¿Por qué dibuja un punto?-
-Porque no tengo nada que decir...-
-Y no sería más fácil decirlo... ¿Decir que no tiene nada que decir?-
-Entonces ya habría dicho algo...-
El doctor se reclinó sobre su butaca, que había adaptado la forma del cuero a su asiento. Pero en ese instante ni siquiera su butaca parecía cómoda... Respiró para recuperar la calma y continuó.
   -Tiene el día difícil, ¿no?- Y no hubo respuesta... El doctor se inclinó sobre su paciente y repitió la cuestión, más serio...
   -¿Lo tiene?
   -¿Por qué me fuerza a hablar cuando no hay nada que contar?-, reiteró el paciente con la madurez de un  párvulo. El doctor se acomodó de nuevo sobre la butaca, cerró el cuaderno y volvió a respirar, esta vez más profundo...
   -Bien entonces, como doctor no tengo nada más que hacer con usted hoy... Puede irse.
El paciente levantó una mirada de presa ind…