martes, 29 de septiembre de 2015

EL GOTEO DE LAS BOMBAS

 
    Nunca había hecho calor en el aljibe, pero ese día la condensación de las bóvedas volvía al agua en forma de goteos con un ritmo que engañaba a los latidos del corazón. Los calmaba. Fuera, los cimientos crepitaban con la caída de otra bomba. El agujero también parecía sentirlo. Cientos de esas gotas se precipitaban sobre el fondo con cada impacto, huyendo del techo y de la superficie, de las bombas, como Ana. Su corazón volvía a acelerarse, y las imágenes de sus padres se avivaban en su cabeza. 

Estaba allí sola. Huérfana, aterrada, sin nada que llevar a la boca desde hacía horas y con una indisposición que le mantenía alerta para evitar el desmayo. Mientras, la imaginación volvía a jugarle una mala pasada. El olor putrefacto de la sangre parecía llegar desde la superficie y entre el murmullo del viento intuía los gritos de los supervivientes en las calles. Necesitaba el goteo de vuelta porque el silencio era lo peor. Cerró los ojos con tal fuerza que le dolió y recuperó su mantra. Repetir el nombre de su perro le hacía sentir mejor. Ahora lo susurraba, una y otra vez, y otra...'Chapie', 'Chapie'...

Con todo listo para el almuerzo, el ataque llegó por sorpresa, hacia las 13.00 horas. Apenas tuvo tiempo de pensar, solo para obedecer a su madre y bajar allí. Precisamente ahora, cuando el infierno tomaba la superficie, ella descendía a las oscuridades de las entrañas de la tierra, lo que siempre temió, donde siempre residieron sus fantasmas. Aunque por otro lado una sensación nueva le infundía una extraña calma. Allí solo estaba ella, su auténtica esencia, tal y como era. Sus emociones emanaban de su piel y rebotaban contra las pareces del aljibe para regresar a su origen, convirtiendo el espacio en una ampliación de su ser, mimetizado con el espacio. De pronto parecía traerle sin cuidado lo que sucediera afuera. Tal vez podría arrojarse al agua, ahogarse en el fondo, permanecer allí para siempre, como cuerpo, o como fantasma. Nada tenía ya en vida que valiera la pena. Estaba delirando, pensó. Y recuperó el esfuerzo por permanecer cuerda ... 'Chapie', 'Chapie'... y cayó dormida.

Una trufa húmeda sobre sus mejillas le sacó de la duermevela, como tantas otras mañanas. Chapie siempre la despertaba así. Movía el rabo, aunque tan escondido como podía tenerlo por el terror al estruendo. Al fin y al cabo estaba contento porque la había encontrado. Ana se emocionó y lo abrazó con tanta fuerza que el animal exclamó primero un gemido de dolor, y luego respondió con lengüetazos. En el techo volvía a haber centenares de gotas, que habían recuperado el ritmo en la caída al agua. Hacía tiempo que no caían bombas, pensó. Chapie correteó hacia la salida, nervioso, agazapado al mirar hacia el exterior. Ella sabía lo que significaba aquello. El perro quería salir, pese al miedo. Volver a la luz. Ambos frente a frente y sin mediar palabra, encontraron ese entendimiento que trasciende las palabras, y que solo se logra con la mirada. Fuera había muerte, destrucción, pero también luz. Allá abajo la seguridad estaba condenada a la oscuridad, al vacío. Así que tomó el perro y salió del agujero. Jamás volvió a entrar.