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ELLOS, SIEMPRE ELLOS

   "¿Entonces me comprarás otro camión?", preguntó el pequeño Pablo, con 6 años. Al juguete le faltaba el remolque y los cristales de la cabina del conductor estaban hechos pedazos. "Qué remedio quedará", resolvió el padre mirando para otro lado. Pablo lo desobedeció por la mañana y llevó el regalo de cumpleaños al colegio. "Al menos has aprendido que cuando te digo las cosas es por algo, ¿no?", y el pequeño aceptó bajando más y más la cabeza con cada asentimiento.
Pablo era uno de esos niños que genera envidias. El pequeño era gracioso, prometía convertirse en un adolescente bien parecido y tenía una familia normal, pero había algo más. Existen personas que  desprenden un tipo especial de energía, de fuerza existencial, algo para lo que la ciencia encontrará razón algún día porque la obcecación de dos de sus compañeros de clase crecía como lo hace cualquier patología mental. Pablo alcanzaba la mayor nota y el impacto era demoledor; las niñas lo elegían entre susurros como el más guapo del colegio y la desolación empezaba a ahogar; lograba el  cinturón amarillo de kárate y entraban sudores; llegaba al colegio con el regalo de su sexto cumpleaños y desbordaba la paciencia de cualquiera... Una confusión malintencionada, una patada a escondidas y el camión acababa por los aires, como si fuera un balón, destrozado. Aquellos dos infelices llegaron a ansiar para sí mismos incluso las desdichas del pequeño. Hubieran sufrido todo el  escozor de la herida que le abrió el tropezón en clase de gimnasia porque ahora todos lo mimaban, todos le preguntaban y le prestaban atención, incluso las niñas, ¡las niñas!
"No sé si inculcar a tu hijo que todo el mundo es malo es solución para hacerlo fuerte. Igual consigues lo contrario. No conviene que crezca pensando que el mundo es un lugar hostil, peligroso... Terminará ansioso, como tu", atacó la madre al padre. "Lo mío no viene de ahí, y gracias", respondió él, y ella prosiguió. "Lo único que sé es que esos niños son así por algo, habrá que conocer a sus padres, o el...", pero él interrumpió... "O el nada... hace tiempo que nos cuesta aceptar la maldad, porque la psicología busca explicación hasta para la mente más despiadada, y no digo que no tenga parte de razón. Pero no sé por qué se nos ha olvidado que la crueldad es un rasgo humano como cualquier otro. Está ahí, siempre estará. El arte lo inmortalizó desde el principio de los tiempos, el arte es el mejor reflejo de la realidad: siempre el bien ha batallado el mal. Desde Atila, Caín o Hítler. Son ellos, siempre ellos, sufridores de su propia desdicha, y destructivos en su forma de gestionarla, maltratando al prójimo, destruyéndolo si pueden. Lo sabes igual que yo. Esas personas existen, se congratulan de tus fracasos y empequeñecen con tus éxitos. Su enfermedad los hace desear lo indeseable, lo incomprensible, sencillamente porque es tuyo y no de ellos; porque te ha pasado a ti y no a ellos..." Ambos continuaron haciendo la cama en silencio. "Y no le he enseñado a defenderse, solo a huir de ellos, son tóxicos", reivindicó él. "¡Son niños!", replicó ella. "Son personas, pequeñas, pero personas, con todo lo que ello implica, con todas sus cosas malas". "¿Él está mal?". "Ya no, le compraré otro camión". "Pues ya está".

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