martes, 30 de septiembre de 2014

EL TÉ SE SIRVE FRÍO

   "Hoy hace frío, tienes la nariz como un tomate. Venga, olvida lo de ayer, fui un bobo. Entra, te invito a un té y lo hablamos". Noelia sabía que aquello estaba destinado al fracaso, pero volvió a asentir con la cabeza, sin levantar la mirada del suelo. Ese chico era un maldito hijo de puta aunque no reunía la maldad suficiente como para ser consciente de ello. Aún estaba dolida, pero ese amor le había cogido fuerte por dentro, en el estómago, y le anulaba el pensamiento.
   "No puedes ir por la vida riéndote de la gente, tú tampoco eres tan listo como crees, ni tan guapo. No eres más que nadie pero ves las cosas como quieres... Estás por debajo de la media, de hecho", zanjó ella en para dignificar su reincidencia mientras él sonreía por dentro. Su mejilla le delataba de soslayo, porque se congratulaba de su seducción. Y ahí recostados, aferrados los dos al calor de la taza de té, él retomó el intento depredador del día anterior. Alargó los fríos dedos por aquella delicada espalda hasta su cuello y le produjo un escalofrío que quebró el instante como un relámpago.
   "En serio... ¿como si ayer no hubiese pasado nada?", reaccionó ella mientras se limpiaba como podía el té que se había derramado por el susto encima de la pierna desnuda, donde no llegaba la falda de colegiala.
   "¿Y a quien se le ocurre llevar falda hoy, con este frío?", reaccionó él, con el humor absurdo que había convertido en seña de identidad y que otras veces le había ayudado a escabullirse de lo incómodo. No iba a ser esta vez. "Vale, haz lo que quieras, intentaba que estuviésemos cómodos... retomaba lo de ayer para hacerlo bien...", reclamó él.
   "Intentabas follarme porque no te dejé ayer", cortó ella: "Pues vete y déjame en paz... ¿para qué has aceptado entrar entonces, para quedar por encima, para torearme?", se liberó el con los instintos desenmascarados y la mirada obsesiva fija en la piel de gallina que asomaba en el muslo que no ocultaba la falda.
   A ella le brillaban los ojos. "Entré porque pensé que me pedías perdón de veras... Porque igual no eras tan cabrón, en el fondo".
   El se reclinó hacia atrás, dolido pero seguro de que aquello quedaría bien resuelto, con su dignidad de una pieza. "Vete si quieres... Pero hazme un favor. No me mandes más mensajes, ni me sigas por los pasillos... Haz el favor de dejar de ser tan niña y si algún día maduras... Llámame y lo hablamos...", soltó sin mirarla a la cara, mientras recogía las dos tazas de té y se ponía en pie, en una invitación explícita a que Noelia abandonara el salón.
   "Tengo 21 años y seguro que maduraré mucho durante estos próximos", emitió ella, que sí le miraba fijamente a unos ojos esquivos como los de una alimaña incómoda. "Probablemente me quede mucho por aprender hasta que llegue a tus 25. Y no sé si llegaré a ser tan buena como tu, tan perfecta, tan soñadora e inteligente; pero por lo menos lucharé por mi vida y no me quedaré en casa masticando el fracaso". Entonces él reaccionó impávido, sorprendido por la inusual fuerza hiriente de aquellas palabras. Se conocían bien, y eso no era propio de ella. "Maduraré lo suficiente para no necesitar pisotear a las pocas personas buenas que encuentro mientras callo mis inseguridades. No te engañes, cada uno moldeamos el mundo a nuestra medida. El tuyo está lleno de mierda porque en lugar de cambiarlo te quedas inmóvil, sin enfrentarlo, esperando que te mastique y te escupa para luego preguntarte qué salió mal...". Noelia se acicaló, se colocó la falda y abrió la puerta de la casa.
   "No creo que seas mala persona, Pablo, pero no existe una burbuja donde se pueda ser irresponsable sin consecuencias. Al final todos tenemos frío, pero la solución no es siempre quedarnos en casa. A veces hay que salir. Que tengas suerte, nos veremos por ahí, supongo". Noelia cerró la puerta con tanta delicadeza que apenas se escuchó sonido. Fuera parecía que el tiempo era mejor, de hecho, ya ni siquiera sentía frío.
José Carlos Rojo