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LA PÉRDIDA DEL JUICIO

 
En el ocaso de la democracia -si es que algún día existió en este país tan falto de cultura y lucidez-, de nada sirve resguardarse en la abulia política para resistir la noche que se avecina. La desidia nos dice que el sol volverá a salir, siempre fue así; pero en ese juicio hay sin duda un exceso de confianza. Nublados los pensamientos con los nacionalismos, el fútbol y la televisión, se pierde la verdadera perspectiva del problema que es la crisis y todo lo que trae detrás. El nuevo modelo diseñado para la Europa de la austeridad continuará instaurándose como un gota a gota, para no hacer sonar las alarmas. Y solo cuando ese verdadero problema sea lo suficientemente grande como para darnos cuenta de su magnitud, decidiremos reaccionar... O quizá para entonces ya no tengamos juicio ni para darnos cuenta de eso...

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UNA LÁGRIMA... IMPOSIBLE

No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
-No puedo evitar amarte-, replicó él.
Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana

UN TIPO SIN LÍMITES

Tendré siempre la duda de cuál fue la causa exacta de su muerte. También por qué sucedió tan pronto, apenas pasados sus siete años. Pero lo que siempre, siempre desafiará mi entendimiento es cómo un tipo así de peludo, así de hocicudo y orejón, logró con su inteligencia traspasar tanto los límites que deben separar a los animales de las personas...

UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 
Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 
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