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LA ETERNIDAD DE UN GRITO

  A la sinrazón de la guerra le siguió el silencio. No hubo ganadores ni perdedores; solo fría muerte. El mundo, sumido en un inmenso dolor, quiso enterrar el pasado y volver a nacer sin aquellos estúpidos seres: monstruos, dioses, fantasmas y toda aquella calaña incapaz de comprender que no hay mayor ambición que la paz; que cualquier premio nunca superará al permiso que les fue concedido para poblar el planeta. Los grandes fuegos de la batalla se convirtieron en océanos, los infinitos mantos de cadáveres en bosques y los huesos de las bestias muertas, algunas sumidas en el eterno quejido, son hoy troncos secos, capaces de contar aquella historia, a ojos de quien sepa mirar.

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UNA LÁGRIMA... IMPOSIBLE

No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
-No puedo evitar amarte-, replicó él.
Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana

UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 
Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 
En esos cuatro años, Doro había dado vida a 48 estatuas, una por mes. Algunas, las más especiales, las había regalado y la m…

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El doctor rompió el silencio de la consulta más incómoda que había tenido en toda la semana -Un punto, ¿y con eso qué quiere decir? ¿Por qué dibuja un punto?-
-Porque no tengo nada que decir...-
-Y no sería más fácil decirlo... ¿Decir que no tiene nada que decir?-
-Entonces ya habría dicho algo...-
El doctor se reclinó sobre su butaca, que había adaptado la forma del cuero a su asiento. Pero en ese instante ni siquiera su butaca parecía cómoda... Respiró para recuperar la calma y continuó.
   -Tiene el día difícil, ¿no?- Y no hubo respuesta... El doctor se inclinó sobre su paciente y repitió la cuestión, más serio...
   -¿Lo tiene?
   -¿Por qué me fuerza a hablar cuando no hay nada que contar?-, reiteró el paciente con la madurez de un  párvulo. El doctor se acomodó de nuevo sobre la butaca, cerró el cuaderno y volvió a respirar, esta vez más profundo...
   -Bien entonces, como doctor no tengo nada más que hacer con usted hoy... Puede irse.
El paciente levantó una mirada de presa ind…