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LA ETERNIDAD DE UN GRITO

  A la sinrazón de la guerra le siguió el silencio. No hubo ganadores ni perdedores; solo fría muerte. El mundo, sumido en un inmenso dolor, quiso enterrar el pasado y volver a nacer sin aquellos estúpidos seres: monstruos, dioses, fantasmas y toda aquella calaña incapaz de comprender que no hay mayor ambición que la paz; que cualquier premio nunca superará al permiso que les fue concedido para poblar el planeta. Los grandes fuegos de la batalla se convirtieron en océanos, los infinitos mantos de cadáveres en bosques y los huesos de las bestias muertas, algunas sumidas en el eterno quejido, son hoy troncos secos, capaces de contar aquella historia, a ojos de quien sepa mirar.

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No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
-No puedo evitar amarte-, replicó él.
Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana

UN TIPO SIN LÍMITES

Tendré siempre la duda de cuál fue la causa exacta de su muerte. También por qué sucedió tan pronto, apenas pasados sus siete años. Pero lo que siempre, siempre desafiará mi entendimiento es cómo un tipo así de peludo, así de hocicudo y orejón, logró con su inteligencia traspasar tanto los límites que deben separar a los animales de las personas...

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