domingo, 2 de octubre de 2011

EL VIEJO DE LOS TRECE DEDOS



"Con valor se plantó frente al espejo para contemplar su
animalidad, la imagen de ese lugar recóndito de su alma
salvaje que gritaba libertad. Un profundo vacío pareció
succionarle el pecho por la aberración que le devolvía el reflejo.
Envuelto en pelo, descomunales las garras y los dientes y
desproporcionado el hocico. Quiso llorar por no poder acallar
esa parte de sí, por inducirle a la deformidad, por obligarle a
todo aquello que no quería ser, a todo lo que no podía ser. Y en
medio de esa profunda pena, ni siquiera pudo desahogarse,
porque los lobos no tienen lágrimas"

                
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