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LA CASA DE CHOCOLATE

Junto a un bosque muy grande vivía un pobre leñador con su mujer y dos hijos; el niño se llamaba Hänsel, y la niña, Gretel...

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UNA LÁGRIMA... IMPOSIBLE

No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
-No puedo evitar amarte-, replicó él.
Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana

UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 
Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 
En esos cuatro años, Doro había dado vida a 48 estatuas, una por mes. Algunas, las más especiales, las había regalado y la m…

UNA LÁGRIMA... DE SANGRE

Ilustración: Gema R. Quintana
Nadie recordará jamás el nombre de aquellos ocho hombres. Muchas páginas se han escrito sobre el  26 de agosto de 1936, cuando los libros de historia fijan el final de la Guerra Civil en Santander; pero ninguna los menciona a ellos. Vivieron la sinrazón de su tiempo, asumieron su derrota en la contienda y decidieron ser dueños de su destino.     Desgranaban los primeros rayos del alba de un día triste en que el cielo, rojizo, parecía despertar con la pereza de un ocaso. El avance de las tropas nacionales hacia la capital cántabra -que aprovechó la cordillera y la costa para pertrecharse fiel a la República durante 13 meses-, era ya un hecho celebrado por muchos vecinos afines al régimen conservador. Por eso la significación de estos ocho hombres, paradigmas todos de la militancia de izquierdas en la política, el ejército o las artes, fue la peor de las sentencias a muerte.     Decidieron ver el futuro como un horizonte de extremos -esa fue la costumb…