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VIDA DE UNA HOJA

Dedicado a Ana; y a su sueño,
el que inspiró este cuento…

1
El amanecer de la vida
Allá donde recuerdo, creo que la primera sensación que experimenté en la vida fue la caricia de la brisa que acompaña al primer rayo de sol de la mañana. Fue mi despertar al mundo. La primera vez que comencé a tomar conciencia de mi cuerpo, de mi forma, de mi volumen, de mi condición como hoja. El tacto fue el primero de los sentidos en ofrecerme una visión del entorno. Luego vinieron los sonidos, los colores y los olores. Eran mis cuatro sentidos. Desgraciadamente nunca pude disfrutar de un sabor; la naturaleza había entendido que tal punto de vista de la realidad nunca le sería útil a una hoja.
Pero los demás me sirvieron para contemplar el mundo, desde lo alto. Vivía en la copa de un gran árbol. El más grande del parque. Ya saben lo que es un parque. Esas pequeñas zonas donde crece la hierba. Donde las personas no han podido hacer casas ni carreteras. El primer sonido que captó mi atención fue el del agua. La que discurría por el pequeño río que atravesaba el suelo del parque junto a un camino por el que caminaban las personas y sus animales. Unos más grandes; otros más pequeños. Los había con más pelo y con menos. Que ladraban o sólo gritaban. Y a todos esos animales distintos los llamaban perros.
Luego había otros animales que venían del cielo. Eran capaces de volar. Ahí también podían distinguirse entre los más grandes y pesados. Tanto que incluso doblaban las ramas de mi árbol al posarse. Y otros pequeños y frágiles como las mariposas. Todos tenían alas. Incluso los que no las usaban, como esas aves blancas con el cuello largo que pasaban el día sentadas en el agua; nunca las vi volar.
Al parecer, yo no era el único ser vivo que alumbraba a la vida. Los árboles de alrededor se llenaron de colores, de hojas y flores. La brisa comenzó a ser más cálida, incluso cuando el día dejaba paso a las estrellas y la sombra sustituía al sol. Con la luna también se escuchaba a los seres del parque. Y si en la mañana me divertía jugando a identificar los pájaros por su cántico, por la noche imaginaba el lugar exacto bajo tierra en el que se escondían los grillos. Aquello me gustaba. Y a eso llamaban vida.


2
La cara B
Pero un día cayó una gran tormenta, con grandes luces que parpadeaban y fuertes estruendos que retumbaban el cielo. Quise esconderme, pero soy una hoja, y las hojas no pueden moverse, así que tuve que aguantar. Pasé miedo, mucho miedo, y lo que vino después fue peor. Después de ese día no volvió a hacer calor. Los grillos ya no estaban, las mariposas ya no volaban, los pájaros tampoco se posaban en mi árbol y las personas se esfumaron con sus perros. Pasaban las mañanas y las noches, y todas parecían iguales. ¿Por qué todo había cambiado? No lo entendí, pero por alguna razón supe que aquello era normal, que así tenía que pasar...

3
La muerte
Seguro que todas las hojas del parque estaban tristes, como yo. Por eso ya no brillaban, por eso ya no eran verdes. Un día, confundiendo realidad y onirismo, en la duermevela que apura el último sueño, asistí a una imagen terrorífica, un suicidio. La hoja de un árbol vecino se precipitó al vacío. Estaba pálida, tiesa, muerta. Sin que me diera tiempo de apartar la mirada de ese dantesco espectáculo, contemplé otro fenómeno idéntico. Y otro, y otro. ¿Por qué sucedía esto? ―Porque llegó su hora ― creí escuchar desde lo alto de la copa de mi árbol.
―¿Llegó su hora? ―grité entre lágrimas. ―¿Cómo que llegó su hora? ¿Qué es llegar la hora?―. Miré a lo alto y creí identificar esa voz anciana y cascada. Era una hoja vieja, roída, seca y fea, pero aún aferrada a la rama del árbol. Reparó en mi tristeza y me explicó…
―Cuando a alguien le llega la hora quiere decir que deja de existir. Deja de vivir para dejar espacio a los que vendrán― resumió la hoja anciana.
No lo podía creer. ¿Por qué debíamos dejar espacio los que estábamos aquí? Había suficiente espacio en el parque para más árboles, para más hojas. ¿Acaso los que iban a venir no podían tener la deferencia de aguardar un poco más?
―Ellas mueren para que otras más jóvenes nazcan y crezcan. Luego volverán a morir, y otras volverán a ocupar su lugar. Una hoja más anciana que yo murió para que tú nacieras. Dentro de poco seré yo quien corra esa suerte y algún día, también tú tocarás el suelo― avanzó el anciano con un rostro que emanaba paz y resignación.
Rápido miré el aspecto que tenía mi cuerpo, tratando de compararlo con el de las difuntas en el suelo, pero algo no encajaba. Mi imagen era sana, tersa y hermosa. Verde y fresca.
―No puedes compararte―. Se adelantó el anciano. ―Tu condición es diferente a la del resto. Ellas son hojas caducas mientras que tu, tu eres una hoja perenne. Verás morir a muchas de tus compañeras antes de que llegue tu hora―.
Entonces respiré hondo y sentí un profundo descanso, incluso a pesar de mal común de las de mi especie. No me inquietó el egoísmo de mi instinto de conservación. ―Allá la suerte de las demás― pensé. Y una inmensa paz se apoderó de mis nervios que, aunque permanecían alerta frente al holocausto, encontraron un respiro en la buena nueva. Después, el frío y el letargo harían el resto.

4
La pena
El mismo mundo pareció avergonzarse de su obra e hizo caer del cielo una lluvia lenta y espesa que cubrió el suelo de un manto blanco y ocultó la muerte. Apenas respiraba y pasaba el día durmiendo. A mi alrededor todas mis compañeras hacían lo mismo; al menos las que quedábamos; porque la mayor parte de los árboles habían quedado desnudos, cubiertos sólo por ese manto blanco. Dormir, creo que era el mejor modo de pasar aquel frío helador. Incluso el río se durmió. El agua se hizo dura y dejó de hacer ruido. Entonces, en esa misma duermevela que había sentido otras veces, recordé mis primeros días de vida, los sonidos, los colores y la alegría. Volví a sentirme triste y me eché a dormir. Ese mundo no era mi mundo. Esa vida no era mi vida. Y aún no sabía quién me la había robado.



5
La resurrección
Cuando parecía envuelto en el sueño eterno, el viento me despertó en un día que parecía diferente a los demás. Por un instante evoqué aquella primera brisa que me llamó a la vida hace ya un año. El aire olía de otra manera, los pájaros comenzaron a cantar de nuevo y los árboles volvieron a llenarse de hojas. Luego vino el calor, las mariposas, la gente y sus perros. El río sonaba. Todo era como antes. Mi vida volvía a ser mía, como era, como siempre quise que fuera. Sea quien fuere que me la robó, probablemente se compadeció de mi pena y resolvió devolvérmela.

6
El ciclo
Esta vez no hubo tormenta, pero un día amanecí empapada por el rocío de la mañana. Hacía más frío, mucho más frío. Quise negar la realidad y, por un momento, me cerré en mí misma para no mirar a ningún lado. Luego reparé en el entorno y confirmé sospechas. Las hojas volvieron a marchitarse y alguna yacía ya muerta en el suelo. Enfurecí. Conocía a muchas de esas hojas, sus murmullos me habían animado las mañanas, las tardes y las noches. ¿Por qué ahora tenían que morir de nuevo? ¿Por qué las demás no hacíamos nada? ¿Por qué mi vida me condenaba a contemplar una vez tras otra la desaparición de mis semejantes? ¿Es que a nadie le importaba? ―¿Es que a ninguna le importa?― grité hacia lo alto de la copa de mi árbol. Nadie respondió. ―¿Por qué no habláis? ¿Es que a ninguna os importa?―, repetí, y todas permanecieron impávidas.
―No hablan porque antes de que tú nacieras ya se dijeron todo lo que tenían que decirse―, respondió la hoja anciana, esta vez más vieja y seca. Apenas juntaba fuerzas para dirigirse a mí desde lo alto.
―¿Cómo que ya dijeron todo lo que tenían que decir?―, repliqué exaltada. ―¿Acaso la inmortalidad os vuelve tan soberbias que pensáis que ya habéis tenido tiempo suficiente de vida, que ya habéis hecho todo lo que había que hacer, que habéis hablado todo lo que había que hablar?―, grité. ―¡Hipócritas, egoístas! Vosotras desperdiciáis vuestra larga vida mientras otras apenas disfrutan de un breve soplo de existencia―. Y comencé a llorar. Miré hacia arriba, buscando consuelo de la anciana hoja, pero ya no estaba. Asustada, comencé a escrutar a mi alrededor y ahí se hallaba, resignada. Ralentizando el tiempo, cayendo despacio sobre el suelo. Aquella anciana hoja, como yo, antes inmortal, también tenía un final.
Entonces comprendí cuál era mi futuro y maldije a la vida, al río, a los pájaros, a las hojas, los árboles y las mariposas. Quise salir de allí volando y conocer otros mundos, otras vidas, seguro más felices que la mía. Pero no podía hacer nada; era una hoja, y las hojas no pueden moverse, así que tuve que aguantar.

7
El odio
Todo era oscuro. Los malos sentimientos lo impregnaron todo y en el peor momento, un pequeño insecto buscó cobijo de la lluvia a mi lado. Era una larva, un diminuto gusano. Pensé que, al fin, un ser vivo anhelaba contacto, amistad. Le agradecí haberme escogido entre todas mis compañeras; aunque es cierto que era más grande y tersa que la mayoría de mis hermanas. Aquella larva no respondió, y sin mediar palabra me mordió. El dolor, punzante, era inaguantable. Encolericé. Comencé a sentir una acidez interna, como si por mi interior circulara la esencia del odio. Aquel ser vil estaba consumiéndome, empachándose a sus anchas. Saqué lo peor que podía dar; mi cuerpo se volvió rígido y duro, y por mis heridas fluyó una sustancia blanca, corrosiva, venenosa y maloliente. Deseaba con toda mi alma que le indujera a la muerte. Ojalá todos los seres vivos murieran ya, sin espera. ―¡Ojalá no existiera la vida!―, pensé, para no padecer la angustiosa espera del final. Me entregué en el asesinato de aquel gusano. ―O él o yo―, resolví. Y aguardé con templanza el momento de su envenenamiento, el de la muerte que lo consumiera lentamente bajo el padecimiento del peor de los sufrimientos.

8
La sorpresa
Un ensordecedor graznido me distrajo de mi perversa empresa. Un gran pájaro negro se posó sobre mí y arrancó la larva de mi cuerpo para engullirla con ansia. La crueldad de la propia vida se había adelantado a mis perversos pensamientos, incluso en eso, en la maldad, era marioneta de mi existencia. Al emprender el vuelo, las afiladas garras del animal desgarraron mi pequeño tallo y me desprendieron de la rama. Sentí la impresión del despeño y cuando veía irremediable el temible impacto contra el suelo, una brisa cambió mi rumbo posándome delicadamente en las aguas del río.

9
Otros mundos
El frescor del agua calmó el escozor de mis heridas. Miré al frente y me vi viajando a gran velocidad. Atrás quedaba aquel resquicio de parque, donde había nacido. Por un momento, y a pesar de todas mis penurias, creí sentir nostalgia de aquel lugar que se alejaba, como si al final del camino algo en mi interior me hiciera comprender que estaba diciendo adiós a mi mundo. Y que a pesar de todo lo que me hubiera pasado, sentía pena; porque al fin y al cabo, era mío.
Volví la vista al frente dando por zanjada mi despedida. Y la sucesión de otros parajes colmó mi imaginación. Nuevos colores, olores y sonidos aturdieron mis sentidos mientras avanzaba mecida por la caricia de las aguas. Al fin tenía lo que había pedido; al fin contemplaba otros mundos. Me abrumó la variedad y sobre todo la cantidad de esas construcciones humanas, que habían ganado inmensos terrenos al césped y a los árboles. Contemplando al detalle, incluso llegaron a gustarme, por su belleza, por lo elaborado de sus diseños y por lo monumental de algunos de sus ejemplos. Llegué incluso a preguntarme sobre el porqué de mis preferencias, que con lógica debieran aborrecer cualquier acción que menoscabara la naturaleza.
Una salpicadura caprichosa me hizo varar en la orilla, junto a un camino de personas. Y una niña pequeña se acercó a la zona. Portaba en su mano una hoja muerta, seca. Junto a mí, había otras tantas, algunas verdes, tersas y hermosas. Pensé que aquella niña buscaba hojas; pero que no podría fijarse en mi, medio raída, mojada, triste y envenenada en su propia esencia odiosa. Pero no fue así. Me cogió, me limpió y secó.

10
La inmortalidad
Y aquella niña me guardó en el interior de un libro, junto a páginas hechas de otras hojas, que al contrario de las de mi árbol, siempre hablaban. Contabas las historias que en ellas habían escrito. Y la niña creció. Y me transportó de un libro a otro, de una historia a otra. Y cada nueva apertura de página era el descubrimiento de un nuevo mundo, de nuevos olores y colores. Y así conocí la inmortalidad, recordé mi pequeño parque y soñé. Deseé que algún día todas las hojas del mundo encontraran mi destino. Y entendí que la vida puede ser desdichada, pero que también existe la suerte y los sueños. Y que algunos, de vez en cuando, se hacen realidad.

Santander, septiembre de 2010

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
¿Para cuándo las próximas aventuras de Leaf? Esta hoja tiene mucho que contar... jiji
Sencillamente, me encanta.
Anónimo ha dicho que…
deberias comenzar a escribir de una maldita vez lo que ya sabemos...con mucho pelo de por medio...y dientes...

son of a bitch!!

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