Ir al contenido principal

EL ESPECTADOR RESPETADO

Sherlock Holmes
Han pasado unos años desde aquella pataleta de autocompasión: era el único entre sus amigos que aún no había llegado a cobrar 20 millones de dólares por película. Ahora ya lo hace. Robert Downey Jr. está de moda y una vez olvidado el fantasma de la errática que lo acompañó durante los noventa, retoma el camino con paso firme de trovador; como el filme, Sherlock Holmes. Su virtud reside en lo consecuente entre la pretensión y el resultado. Nadie piensa más allá del blockbuster, pero bajo el mando de la responsabilidad y el respeto al espectador. Ahí gana el beneplácito el realizador, Guy Ritchie. Parte de un fundamento demasiado obviado: el público no es idiota, disfruta cuando se le retuerce el esquema con cuatro vueltas de tuerca, cuando pequeñas pinceladas de innovación salpican el lenguaje de la trama -la ficción televisiva cada vez abraza más la pantalla grande- y cuando el conjunto deja de ser tramposo para cumplir con la legalidad hasta el final. Ningún cabo queda suelto.

Modestia y sutileza garantizan la mano de una dirección que ha sabido mantener el tono entre: comedia, aventura, el corazón de una entrañable relación de amistad que tan sólo deja ver la punta del sombrero -ciego he de estar por no contemplar las supuestas insinuaciones a la otra acera-, y la mano para acertar con la acción. Son virtudes merecedoras de agradecimiento. La historia recuerda el triste destrozo de franquicias ilusionantes convertidas en basura del celuloide por culpa de un ejercicio de egocentrismo de las autoridades del set totalmente alejado de una de las esencias del cine: al fin y al cabo, se filma para mostrar. Ritchie demuestra inteligencia al haberlo entendido, aunque a la postre peque de poco arriesgado, temeroso de perder el equilibrio del conjunto para rozar lo que ya se hubiese convertido en un filme más serio. Equilibrio que tan virtuoso también se demuestra en el interior de la película, entre la ciencia y el cuervo que alumbra a la paraciencia.
http://www.eldiariomontanes.es/20100130/cultura/cine/espectador-respetado-20100130.html

Comentarios

Entradas populares de este blog

UNA LÁGRIMA... IMPOSIBLE

No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
-No puedo evitar amarte-, replicó él.
Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana

UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 
Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 
En esos cuatro años, Doro había dado vida a 48 estatuas, una por mes. Algunas, las más especiales, las había regalado y la m…

LA VANIDAD DEL LEVIATÁN

En realidad, muy pocos lo conocieron en vida; y si lo hicieron, ninguno pudo contarlo. Narra la leyenda que los barcos nunca lo veían acercarse; pero su presencia se sentía en el oleaje, agitado; en la tonalidad del agua, más oscura; o incluso en el hedor del ambiente, teñido de un azufre ácido que corroía la pituitaria. Su tamaño alimentó decenas de especulaciones. Hay quien confesó haberlo visto emerger en oriente y al mismo tiempo mover un gran tentáculo en poniente, en lugares separados por una milla marina de distancia. Una vez conocidas sus atrocidades, jamás ningún marino volvió a temer al diablo. Solo lo temieron a él, al gran Leviatán. La gran aberración bajo las aguas, el gran dios del mal, quizá Poseidón mutado en bestia. Pero explica la literatura que la fantasía lo legitima todo; y si hay maravillas que germinan del mal, también las hay que lo hacen del bien. 
Un verano de hace siglos, cuando el mundo todavía se estaba haciendo, una pequeña niña griega pergeño su venganz…