sábado, 17 de octubre de 2009

INSÍPIDA

Ágora
Es lo que puede ocurrir cuando un producto ambicioso se convierte en pretencioso, cuando una producción ostentosa olvida que la emoción de un plano detalle puede sobrecoger como nunca podrá hacerlo una masa caracterizada. Es lo que puede suceder si una industria modesta trata de estrujar el presupuesto para codearse con la estadounidense –descartado el cameo a la saga Star Wars en la cartela inaugural- jugando sus mismas cartas: hace aguas.

El problema es de base, de libreto. La destreza de ritmo demostrada por los coautores (Mateo Gil y el propio Alejando Amenábar) en filmes anteriores se pierde en Ágora para hilvanar una historia que se mueve en círculos –como la obsesión de la protagonista-, sin avanzar. Martilletea las ideas con fines aleccionadores y se detiene sin sentido en irrelevancias para obviar cuestiones importantes. Falta contexto, una aproximación a lo que fue aquel tiempo, la sociedad. Un paseo rápido por todas aquellas razones -las hubo-, que explican, por ejemplo, el maravilloso éxito del cristianismo en su ascenso al poder.

No hay corazón, falta sentimiento. El espectador no logra alcanzar la empatía con el film -más allá de la trágica y bien rodada destrucción de la biblioteca, donde se atisba la pequeña pincelada de originalidad audiovisual con que cuenta la cinta- porque el discurso se queda en la fachada y no baja al sótano. La marea de la acción arrastra a unos personajes asépticos, planos y mal definidos, donde se obvian muchos porqués, para erigir en primer término y con excesivo tinte teórico las reflexiones sobre moral, religión y sociología.

Amenábar procura mantener el equilibrio de la balanza: entre el Blockbuster y el autor; entre lo impersonal objetivo –véase los planos cenitales- y lo íntimo –el asesinato de Hipatia-, pero resultó no ser la solución. El error del filme reside en pensar que la virtud se encuentra en el justo medio, cuando la lógica mandaría moverse entre los extremos. Lograr la lágrima cuando es preciso, y saltar a la serena reflexión sin perder el pulso.

José Carlos Rojo Puente