martes, 25 de agosto de 2009

VIRTUOSA MINIATURA

UP
La pantalla se divide en capas y la presentación de Pixar parece transportar al espectador en el tiempo. A aquellos inicios de siglo, cuando el cine aún no conocía sus capacidades más allá del teatro grabado. Ahora sólo es un guiño, y el virtuosismo espera a la película. La máxima de Disney parece seguida casi al dedillo: “por cada risa debe haber una lágrima”.

De hecho es ahí, en esas pequeñas gotas de emoción, donde la película encuentra su maravilloso acabado. Es una secuencia, una virtuosa miniatura. El piano la acompaña con delicadeza, y las imágenes narran sin necesidad de artificios. El niño no lo comprende. Incapaz de asimilar la profundidad de las imágenes, muchas de las claves son sólo decodificables para el adulto, esclavo de las predilecciones de los zagales en este tipo de cine, que en el caso particular de hoy ha sabido reconocerles el esfuerzo. Toda una vida pasa ante los rostros cada vez más melancólicos de un público que contempla el paso del tiempo y la tristeza de un sueño incumplido.
Pero no es pesimismo lo que necesita el cine de una época, la actual, que seguro se recordará por las obras que comienzan a aparecer, y que serán reforzadas por un ejército de otras piezas en todas las vertientes artísticas, que conformarán todo un ejercicio de optimismo –como la historia del arte ha dejado patente en todo momento de crisis: social, política, existencial o económica, como es el caso-.

Por eso recupera el discurso al final del metraje, cuando las cosas parecen truncarse. La intimidad de un diario descubre la verdad de una vida, de todas las vidas –o casi todas-, y alumbra donde parecía que la penumbra reinaría para siempre. Allá donde los sueños no se cumplen, donde parece que prospera el desánimo. Quizá sólo sea problema de la forma en que se mira, del modo en que entendemos la realidad; porque es muy probable que estemos viviendo la más grande de nuestras aventuras y aún no hayamos reparado en ello.

José Carlos Rojo Puente