martes, 27 de mayo de 2008

Es una pena

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal
Han pasado 19 años desde la última vez. Y hay que retornar aún más en el tiempo para recordar aquellas tardes en las que un niño de 5 años rebobinaba el VHS en el que descubrió a su héroe de infancia en ‘Indiana Jones y el templo maldito’ e ‘Indiana Jones en busca del arca perdida’. Fueron películas que pasaron a formar parte del recuerdo cinematográfico mitificado del zagal inocente que llegaba a imitar la media sonrisa de Harrison Ford.
El tiempo ha pasado, aquel niño se ha hecho un poco más mayor, y los creadores del eminente arqueólogo, especialmente su director, han madurado. ‘Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal’ es el reflejo de una actitud que Spielberg definió muy bien: “durante los últimos años he hecho películas por diferentes motivos. En este caso puedo decir que es una película para los fans de la saga”.

Esta cuarta parte introduce en la coctelera oportunos cameos a la trilogía, inoportunos chistes de forma continua, secuencias de comedia mala –el filme ‘1941’ ya dejó escaldado a Spielberg hace tiempo en lo que se refiere a este género- y otras –especialmente las que se desarrollan en América, al comienzo del metraje- que merecen un lugar al lado de los mejores momentos que nos ha regalado el aventurero. Pero el conjunto es lo que importa, y deja ese poso de cosa insulsa fruto de alguien que ya no cree en lo que hace, y se lo toma muy poco en serio.
Quizá es una forma de renovación acertada que me resulta difícil de entender. Pero me cuesta mucho comprender diálogos absurdos – que tienen lugar especialmente desde la aparición de Marion-, situaciones configuradas sobre una base de realidad física equiparable a la de un dibujo animado, personajes completamente irrisorios –como el camarada traidor-, momentos – como aquel en el que Jones es rescatado de una muerte segura en un entorno de arenas movedizas con una serpiente- en los que un espectador nostálgico puede desconectar de la historia y recordar que está en una sala, viendo una película en la que se han cargado a uno de los personajes más maravillosos y entrañables que ha parido la historia del cine.
También es posible que los mitos de la infancia sean inalcanzables, inigualables, y algún día desaparezca aquella emoción que aún nos recorre el cuerpo en ciertos días en los que recuperamos aquellos minutos de gloria de las primeras películas, y asumamos que nos hemos hecho mayores de verdad; que ya no queda nada de aquel niño que en otro tiempo creía en Indiana Jones. Quizá aún han de pasar algunos años para alcanzar el punto de vista de los creadores, que creen haber acertado con un tono despreocupado con el que pretenden divertir sin olvidar que Indy es lo que es, y que lo mejor es pasar un buen rato sin engañar a nadie.
Lo que no sé es si en un futuro, cuando llegue esa madurez, me habré olvidado de que la verdadera manera de disfrutar del cine es creyéndoselo. Espero que no.
José Carlos Rojo Puente