domingo, 29 de enero de 2017

UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

   Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 

Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 

En esos cuatro años, Doro había dado vida a 48 estatuas, una por mes. Algunas, las más especiales, las había regalado y la mayoría estaban vendidas. En esta última la resurrección parecía más cercana. Toda su mujer había sido perfectamente tallada: ojos, labios, cuello, pechos, cadera, piernas, ombligo... Quedaban las manos. Esos dedos delicados parecían pelearse con la perspectiva. Cuanto más se alejaban de la figura corporal, más se agrandaban; cuanto más se acercaban, más empequeñecían. Para muchos pintores no existe parte de la anatomía más difícil de representar. 

La incapacidad frustró a Doro hasta desatar su cólera y hacerle sentir el corazón galopando en el pecho como si su propia alma pidiera salir para adentrarse de una vez en la madera y terminar así con la búsqueda. Las manos, pensó. Nunca podría esculpirlas, porque ya no las recordaba. No se lo perdonaría jamás. No tuvo agallas para mirar a esa escultura a los ojos por la vergüenza, pero ella sí lo hizo. Y en ese instante mágico, en que a la madera le despertó el alma, su mujer volvió a llorar.

Ilustración: Gema R. Quintana

lunes, 26 de diciembre de 2016

UNA LÁGRIMA... IMPOSIBLE


   No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
-No puedo evitar amarte-, replicó él.
Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana

martes, 29 de noviembre de 2016

LA HIPOTECA DE LOLO

   Cierto día, Lolo se quedó dormido y soñó que era una persona. De esas robustas, altas y apuestas, que viajan en metro sin agarrarse a la barra, porque en la elegancia de su postura se sostienen con tal firmeza que parecen pegadas al suelo. Como esos hombres de negocios, circunspectos; o esas mujeres con largos tacones y mirada afilada que corta hasta el aire. Gente así hay poca. Son unos elegidos: empresarios, políticos o banqueros... Lo normal era ser como él. Bueno, quizá no en el sentido literal, porque Lolo era un chucho negro y esmirriado. Tenía cinco años. Traducido a la edad de las personas sería un treintañero...

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lunes, 31 de octubre de 2016

CUIDADO CON DOMESTICAR A SÚA

   -Busco a los hombres -dijo el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
   -Es una cosa demasiado olvidada -dijo el zorro. Significa "crear lazos".
   -¿Crear Lazos?
   -Sí -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachitos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...
['El Principito', Antoine de Saint-Exupéry]

viernes, 30 de septiembre de 2016

ALGÚN DÍA



  La luz indecisa de la mañana se filtra por el rosetón en un contacto único con el mundo exterior. Ilumina su alma de esperanza para aguantar el cautiverio con suficiente entereza como para mantenerse vivo; pues solo con semejante fuerza de espíritu puede alguien sobreponerse a más de ocho años de hambre, frío y ratas. Quienes lo sepultaron allí, bajo las pisadas del mundo, quisieron olvidarlo en el infierno; pero solo lograron alojarlo en un lugar intermedio, entre la luz y las tinieblas. Donde cualquier otro hubiera enloquecido de rabia impotente, él solo crecía y crecía. La lucha le dio aguante y equilibrio; el tiempo se convirtió en un aliado capaz de alimentar sus cavilaciones de venganza y aquella luz le recordaba siempre que afuera seguía saliendo el sol. Algún día, cuando terminara esa condena que había superado ya su ecuador, recobraría la dignidad para mirar a los ojos de sus enemigos. Alguno morirá del susto, creyendo tener frente a sí a un fantasma, a una aberración regresada del averno. Otros sobrevivirían a la imagen. Especialmente por esos merece la pena aguantar...